Un poco de discreción

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Hay personas que parece que viven por y para el cotilleo.

Se las ve por todas partes, a todas horas, charlando con conocidos, compañeros, amigos o con quien sea.

A veces me gustaría tener esta habilidad. Pero luego pienso, y me pregunto ¿les dará tiempo a realizar sus labores? Ya sea cumplir con sus responsabilidades laborales o familiares, con sus tareas domésticas. A mi desde luego no, el día que dedico algo más de tiempo a charlar con algún compañero, por alguna circunstancia, luego tengo que acelerar si quiero terminar mis obligaciones diarias.

No estoy en contra de las charletas, a la hora del café en el trabajo, en una pausa discreta; con los amigos en los ratos de ocio; con los vecinos, al cruzarse por el pasillo, dentro de la prudencia; con la familia, en casa, en la mesa, en el sofá. Me parecen necesarias y saludables.

En el trabajo además, se acumulan varias circunstancias. Por lo general, son siempre las mismas personas las protagonistas de las tertulias, las que se puede uno encontrar planta por planta, llevando y trayendo cotilleos. No importa lo alejados que estén de su zona de trabajo. Además, hablan por el medio que sea, en corrillos, en despachos, por la escalera, por teléfono.

Y luego está el problema, tal vez el más importante, de los temas que traen y llevan de un lado para otro. Con frecuencia el tema son los otros. Lo que hacen, no hacen, dicen, visten o portan. Ese es el peligro. Porque dudo mucho, que los temas sean filosóficos, culturales o científicos.

Es verdad que en ocasiones son temas particulares propios, sus hijos, su familia, sus aventuras, sus vacaciones. Pero, ¿tienen que hacer las tertulias a voces para que nos enteremos todos?

Si es en el trabajo, toda la planta se pone al día, si es en el café, todas las mesas de alrededor, en el autobús todos los viajeros, por casa, todos los vecinos.

El colmo de los colmos de las tertulias de cotilleo, son las televisivas, pero eso puede ser una reflexión para otro día.

A los cotillas o tertulianos locales les pediría un poco más de discreción, en definitiva de respeto.

Respeto a sus compañeros de trabajo, dedicarle menos tiempo a las charlas y más a las tareas, bajar considerable el volumen de la voz, y reducir las críticas.

Respeto a conocidos, amigos y familia, nadie es perfecto, hay diferentes formas de vida y mientras no atenten contra nadie, todas son respetables.

Respeto a las opiniones de los demás. Se pueden hacer risas, claro que si, pero no a costa de nadie. Cada uno tiene su forma de ser, de sentir, de vivir.

A veces simplemente basta con escucharnos un poco, con conocernos un poco. Con discreción y respeto.

Ver página – Pensamientos.

Autor: Chari Ruiz

Periodista, lectora y aprendiz de muchas cosas.

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